Calzador de cristal: La dolorosa manía de Disney por encajar en el siglo XXI.
Absorbido por la compra de otras franquicias y nublado por el
abuso de las imágenes generadas por computadora (CGI), Disney atraviesa una
crisis de identidad. Ya no saben qué mundo crear, y su solución ha sido ir a lo
"seguro": la tendencia de los live-actions
o películas de acción real basadas en sus clásicos animados.
Comencemos con una pregunta clave: ¿Desde cuándo empezó
Disney a apostar por estos remakes? La memoria a corto plazo podría hacernos
pensar en Alicia en el País de las
Maravillas (2010), pero nos equivocaríamos. El primer gran
experimento del estudio se dio a mediados de los 90, bajo la producción y guion
de John Hughes (la mente detrás de Mi
pobre angelito), con 101 Dálmatas
(1996).
Esta película fue recibida de manera extraordinaria y plantó
la semilla de la nostalgia. ¿Qué la hizo funcionar? Que entendió su formato.
Los dálmatas no hablaban; el peso cómico y dramático recayó en los actores
—especialmente en una brillante Glenn Close—, convirtiendo una caricatura en
una comedia física muy bien ejecutada. Este filme sentó el precedente de que el
público estaba dispuesto a consumir sus historias animadas favoritas
trasladadas a "carne y hueso". Sin embargo, cuando lanzaron 102 Dálmatas (2000), una secuela
inventada sin base en un clásico animado, la película no tuvo la misma
aceptación. Disney aprendió a la mala que el público busca la nostalgia de la
historia original, no secuelas forzadas. Y así, la primera ola de los live-actions llegó a su fin.
Tras una década de descanso, el formato regresó con fuerza en
2010. De la mano de directores como Tim Burton, Kenneth Branagh y Jon Favreau,
entramos a una segunda etapa. Alicia en
el País de las Maravillas fue un éxito masivo gracias al toque oscuro de
Burton y a un elenco adecuado. Pero nuevamente, cuando intentaron exprimir la
franquicia con Alicia a Través del Espejo
(2016), fracasaron. El problema de Disney con las secuelas es que rara
vez logran expandir la historia sin que se sienta un esfuerzo comercial
forzado.
¿Dónde tuvo aciertos esta etapa? En películas como Maléfica (2014) y La Cenicienta (2015). El triunfo
de Maléfica radicó en reinterpretar a
una de las villanas más icónicas, justificando su maldad a través de la
traición y recontextualizando el "beso de amor verdadero". Nos dieron
una historia original, pero con sentido. Hasta este punto, parecía que el estudio
había encontrado la fórmula: ofrecer nuevas perspectivas morales y
personalidades más sólidas que complementaran a las animaciones.
Pero entre 2017 y 2019, la sombra de la avaricia corporativa
comenzó a crecer. Películas como La Bella
y la Bestia (2017), Aladdín
(2019) y El Rey León (2019)
intentaron consolidar un modelo de producción masiva. Aunque mantuvieron
historias casi idénticas plano por plano, cada una cayó por su propio peso
artístico. Intentaron tapar "huecos narrativos" que nadie había
pedido resolver. En Aladdín vimos los
primeros destellos de una inclusión forzada y un empoderamiento modificado que
le pesó al giro de la trama. Y El Rey
León fue duramente criticada porque su afán por el hiperrealismo nos
entregó animales inexpresivos, volviendo la película plana y pesada de ver y
comparada con un documental de National Geographic. Disney empezó a producir en
masa para captar atención, perdiendo de vista a su verdadero cliente: la
generación nostálgica que paga los boletos de cine.
Entramos así a la década de los 2020. Disney, terco, no quitó
el dedo del renglón e intensificó sus peores hábitos: la inclusión racial
forzada, la alteración ideológica para "mejorar" a los personajes y
la modificación drástica de los guiones. ¿El resultado? Una racha de
descalabros.
Vino Mulán (2020) y le
arrebataron a la protagonista su mensaje original de esfuerzo, trabajo duro e
ingenio, para convertirla en una superheroína con poderes de nacimiento. Llegó Pinocho (2022) y destruyeron la
profunda psicología de la versión original; en lugar de hacer que Pinocho
enfrente las consecuencias de sus malas decisiones, lo convirtieron en una
simple víctima secuestrada por las circunstancias.
Pero el colapso absoluto de esta fórmula se evidenció en entregas
recientes como La Sirenita (2023)
y Blancanieves (2025). Más
allá de las controversias de casting que dividieron a la audiencia, el error
principal fue destrozar la solidez de las historias. Blancanieves se convirtió en uno de los fracasos más brutales del
estudio. Alteraron la esencia de una joven amable que busca el amor y entrega
todo de sí, para darnos una "líder" con actitud de superioridad,
marginando a los animales y cambiando a los siete enanos por un CGI espantoso.
La película fue castigada severamente por un público cansado de que le den
lecciones morales.
En contraste, ¿qué pasó con Lilo y
Stitch (2025)? Fue un éxito arrollador. ¿La razón? Se mantuvieron
fieles a la historia. Recrearon a los personajes respetando su diseño original
sin intentar hacerlos hiperrealistas, y corrigieron solo pequeñas
inconsistencias para anclarla en la realidad, sin insultar la inteligencia del
espectador.
Hace poco vi el tráiler de Moana (2026), que parecía una apuesta segura. Sin embargo,
al ver el exceso de CGI y notar lo forzada que se siente la inclusión de Dwayne
Johnson intentando replicar la magia animada y la pésima caracterización de la
actriz para verse como Moana, me temo que se perfila para ser otra decepción.
Haciendo un repaso por todos estos experimentos, queda claro
que no hay una fórmula mágica. Hacer un live-action
no garantiza el éxito, ni siquiera copiando la cinta cuadro por cuadro. Disney
necesita entender que para muchos de estos clásicos, el público meta somos
nosotros: la generación que creció con ellos y que hoy paga las entradas del
cine para llevar a sus hijos.
Personalmente, prefiero no ver estos remakes si el camino que
van a tomar es el de la inclusión forzada y la reescritura de nuestros
recuerdos. Es válido experimentar para adaptar una historia a nuevos formatos
visuales o sensibilidades, pero hay una línea muy fina. Si Disney logra un
equilibrio perfecto —respetando la nostalgia sin alterarla drásticamente y
mejorando solo lo que el nuevo medio requiere—, cualquier entrega tiene el
camino dirigido al éxito. De lo contrario, seguirán cayendo en la misma trampa
que el público ya les advirtió que no quiere seguir consumiendo.
Mi crítica termina aquí, pero tu experiencia apenas comienza.
Ve, juzga y cuéntame qué opinas.
Por
Fer Vázquez

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