Ron da error: Un amigo fuera de la caja (La joya oculta de la animación)


Al ver esta cinta, es inevitable pensar en el titánico desafío que enfrentó al ser la ópera prima del estudio británico Locksmith Animation, intentando hacerse un hueco en un mercado dominado por gigantes como Disney y Pixar. Con un presupuesto estimado de 100 millones de dólares, la película tuvo un paso complicado por las salas, logrando una recaudación global de apenas 60 millones, afectada duramente por la pandemia y una distribución accidentada.

¿Qué causó este tropiezo financiero? Simplemente el momento y la falta de una maquinaria de marketing masiva. Sin embargo, al dejar de lado los números fríos, nos encontramos con una cinta de animación de un nivel sorprendente.

Ahora, con el paso del tiempo y su llegada al streaming, surgen las preguntas: ¿es solo otra película de "niño y su mascota robot"? ¿Tiene alma? ¿Vale la pena verla? En mi opinión, me alegra decir que sí, rotundamente. Para este punto, ya habíamos visto historias similares en Big Hero 6 o El Gigante de Hierro, y se podían haber explotado los mismos recursos lacrimógenos fáciles, convirtiendo a esta cinta en una copia más. Pero no fue así.

Aunque la premisa parece conocida, hay que ser honestos: es una vuelta de tuerca brillante. En un mundo donde la amistad se dicta por algoritmos y la popularidad se mide en likes, Barney, un niño solitario, recibe a Ron, un B-Bot defectuoso. Es ahí donde la película se separa del formato convencional para convertirse en una lección vital necesaria. A diferencia de las historias donde la tecnología soluciona todo, aquí lo que brilla es el error.

La enseñanza es potente y está ejecutada con maestría: la verdadera amistad no se trata de estar programado para gustar, ni de encajar perfectamente en un grupo. La cinta nos grita que la soledad se enfrenta no buscando ser iguales, sino abrazando que lo que nos hace diferentes —nuestras fallas, nuestras rarezas— es lo más genial que tenemos. Es una "fórmula" inversa, contada de manera mucho más humana que en entregas de estudios más grandes. Podrían haber hecho un comercial de juguetes de dos horas, pero construyeron una atmósfera genuina de conexión real.

La cinta se siente como un viaje emocional coherente; de hecho, la relación entre Barney y Ron sostiene cada minuto del metraje. La concepción del guion, a cargo de Peter Baynham y Sarah Smith, nació de una idea fascinante: ¿cómo sería la película Her de Spike Jonze, pero para niños? Esa profundidad se nota, alejándose de lo superficial.

Lo rescatable y destacable es, sin duda, el apartado técnico. La animación tiene una identidad propia; los diseños de los B-Bots, con esa textura digital y de burbuja, nos sitúan perfectamente en este futuro cercano. La música, compuesta por Henry Jackman, acompaña de maravilla y no desentona; sabe cuándo ser frenética en la acción y cuándo dejar espacio para la emotividad, logrando una inmersión que otras producciones recientes envidiarían. Por otro lado, la paleta de colores vibrante da buen énfasis al contraste entre el mundo "perfecto" de las redes y el caos divertido de Ron.

Sin embargo, es notorio que la producción se enfocó en generar un mensaje con sentido, muy lejos de los jumpscares emocionales baratos de otras cintas familiares, creando un ambiente en el que la más mínima interacción entre el niño y su robot defectuoso te conmueve. Como carta de presentación de Locksmith, no se queda corta; tanto, que la considero uno de los mayores aciertos animados de los últimos años, injustamente ignorado en su estreno.

Por Fer Vázquez

 

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